
Que lindo es recordar aquellos atardeceres en los que solíamos caminar sin rumbo fijo, donde sentíamos que el mundo era sólo nuestro, en los que nacían los besos improvisados, donde la palabra y el acto valían más que cualquier cosa que nos rodeara; en esos mismos atardeceres de los cuáles entrelazábamos nuestras manos para no sentir que estábamos solos, sentir que cada paso que dábamos era un paso hacia la construcción de un futuro que estaba pensado en forma semi estructurada, con logros y éxitos, fracasos y derrotas... pero al fin y al cabo juntos.
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